
Nadie en esa entrada los vio llegar. Pero todos vieron los zapatos.
Eran viejos. Desgastados. Con una costura abierta en el lado derecho que
llevaba semanas pidiendo ser reparada. El tipo de zapatos que pasan
completamente desapercibidos en cualquier lugar menos en la entrada de una
universidad donde los autos estacionados valen más que algunas casas.
Jessica los vio primero. Jessica siempre veía primero.
— ¿Todavía usas esos zapatos?
Diego no tardó ni un segundo.
— Creo que ya piden jubilación.
La Viral tenía el celular arriba antes de que terminara la frase, grabando
todo con ese instinto de quien sabe que esto va a tener reproducciones.
— Nooo mamiii, ¿eso no puede ser real?
Las carcajadas llegaron automáticas. Los celulares subieron. La grabación
empezó.
El chico miró sus zapatos un momento. Levantó la vista con una leve sonrisa
que no tenía nada de vergüenza y todo de algo que nadie en ese grupo supo
nombrar exactamente.
— ¿No te da vergüenza venir así? — continuó Jessica.
— Lo importante no siempre se ve por fuera.
La Viral bajó el celular medio centímetro sin darse cuenta. Algo en ese
tono dejó el ambiente raro. La música del ambiente bajó sola como si el
mundo hubiera decidido hacer silencio antes de que algo importante ocurriera.
Fue entonces cuando el auto negro se detuvo frente a la entrada.
Las puertas se abrieron despacio. Un hombre de unos cincuenta y ocho años
con traje italiano impecable bajó caminando directo hacia el chico sin
mirar a nadie más. Se detuvo frente a él. Bajó la vista hacia los zapatos
con una atención que nadie en ese grupo entendió.
— Joven…
Una pausa.
— Por fin lo encontramos.
Sacó del auto una caja de cuero elegante con el logotipo de una marca que
los estudiantes reconocieron de inmediato porque era la clase de marca que
aparece en las revistas que sus padres hojeaban en las salas de espera de
sus contadores.
Se la entregó al chico con una inclinación leve que no era protocolo sino
respeto genuino.
— El diseñador quiere que usted sea la imagen de su próxima colección.
El chico tomó la caja. Sonrió con esa calma de siempre.
— Gracias. Sabía que este día llegaría.
La Viral tenía el celular en la mano.
Pero esta vez no estaba grabando.
El rostro de Jessica perdió completamente la sonrisa. Diego bajó la mirada
sin encontrar ninguna palabra disponible. Los celulares bajaron solos.
Lo que había dentro de esa caja y lo que pasó en esa universidad durante
los siguientes días es algo que ninguno de los presentes olvidará fácilmente.
Y el video que La Viral publicó esa noche — no el de los zapatos rotos,
sino el de lo que vino después — rompió todos sus récords de reproducción.